Madrid no siempre ha sido la capital de España. Lo fue Toledo en época
visigótica, y más tarde Valladolid. También ostentaron este privilegio
ciudades como Burgos o Segovia. Durante el reinado de Felipe II,
Sevilla, Valladolid, Toledo e incluso Lisboa llegaron a suponer una
amenaza para la actual capital del Reino. Esta es una breve historia de
las capitales que fueron, y las que pudieron ser. Por: M. R. Carrión.
Durante la época republicana podemos hablar de dos, la Ulterior –con
capital en Corduba (Córdoba)– y la Citerior –con capital en Tarraco
(Tarragona). Y ya en el periodo imperial, Augusto dividió la península
en tres: Tarraconensis –con capital en Tarraco–; Lusitania –con capital
en Augusta Emérita–; y Baetica –con capital en Corduba. Esta división,
más operativa que la anterior, buscaba afianzar el poderío de Roma y,
además, favorecer la integración hispana en el Imperio.
Solo nos
queda una tercera etapa para concluir el largo periodo de dominación
romana, el Bajo Imperio. De nuevo, el número de provincias se amplió.
Diocleciano determinó que fueran cinco, dirigidas por un gobernador que
residía en Mérida, la capital: Gallaecia –Bracara Augusta–,
Cartaginensis –Carthago Nova–, Tarraconensis –Tarraco–, Lusitania
–Augusta Emerita– y Baetica –Corduba. En el siglo IV se sumó una sexta,
la Baleárica.
En el siglo V, la llegada a Hispania de las
primeras tribus bárbaras puso fin a siete años de influencia romana. En
el año 418, los visigodos establecieron en Tolosa (Toulouse, Francia) la
capital de un territorio que abarcaba amplios territorios de la Galia y
de Hispania. Derrotados por los francos en 507, y puesto fin al Reino
de Tolosa, se replegaron a la Península y, en el año 567, Atanagildo
fijó la capital del reino visigodo en Toledo.
Ampurias, 218 a.C. La historia de las capitales españolas bien podría
comenzar en esta fecha, con el desembarco de Roma en Hispania. La
primera tentativa de ocupación romana se saldó con fracaso, pero fue el
comienzo de una conquista que, no sin esfuerzo y crueldad, logró
doblegar a los aguerridos pueblos de la península Ibérica. La presencia
de Roma en territorio hispano se prolongó durante siete siglos y fue
determinante en la organización política del territorio. Bajo el
gobierno de pretores que actuaban en nombre de Roma, Hispania quedó
dividida en diferentes provincias administrativas.
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